Frankie y la boda

Con muchísimo retraso (shame on me! una vez más) me uno a mis compañeros del Club de lectores 2.0 para hacer la reseña bimensual, en esta ocasión, como reza el título de la entrada, hablamos de Frankie y la boda de Carson McCullers, una novela que ha espantado a mis otros lectores amigos y no logro entender por qué, porque a mí me ha parecido una delicia.

Frankie y la boda es un título absolutamente descriptivo, en la novela se cuenta como Frankie, una cría de doce años, se enfrenta a la boda de su adorado -aunque ausente- hermano mayor y usa esa excusa para contarnos 48 horas de su vida. Hay que empezar diciendo que Frankie es una niña un tanto peculiar, que se cree mala, muy mala, pero más que mala es sólo es una niña tonta, muy muy tonta, en una edad muy difícil en el que ya parece una mujer -por un detalle al que haré referencia más tarde- pero que tiene la inocencia -y maldad- de una niña pequeña en un mundo en el que ser tan ingenua es muy peligroso.

La novela pivota en torno a tres personajes: Franky, su tata negra Berenice que sirve como proyección al mundo adulto y, John Henry, un niño de seis años que sirve de anclaje para la infancia (tanto es así -selecciona si quieres leer- que muere de meningitis al final de la novela para que quede aún más patente el fin de la infancia de Frankie)

La novela es muy poco optimista, y ya sé que es muy difícil hablar de la entrada al mundo adulto con optimismo pero hay que señalar que McCullers la verdad es que se pasa un poco, a saber: la adulta que tenemos es una mujer negra, con todo lo que ello conlleva en los EEUU en la época en la que está ambientada la novela, a la que le falta un ojo porque se lo sacó uno de sus maridos y que sólo ha sido feliz durante un breve periodo de tiempo con el único hombre al que de verdad amó, es decir, su primer marido que, como las desgracias han de ser espantosas, murió al poco tiempo de casarse, probablemente cuando aún era una adolescente ¡los adultos felices no existen en el mundo de Frankie y la boda! 

En el otro extremo tenemos a John Henry, un niño que ve como su compañera de juegos, Frankie va apartándolo de su vida porque ya no es una niña; se trata de un niño que pide atención a lo largo de todas sus apariciones y que rara vez la consigue. En él tenemos la ingenuidad de la infancia bastante idealizada, justo lo opuesto de lo que veíamos en la adulta Berenice.

Y en el centro de todo está Frankie, a caballo entre dos mundos, que se desespera porque quiere que su hermano la lleve con ella después de la boda, que quiere dejar todo atrás hasta el punto de que se escapa a la ciudad primero y de casa después y, en ambos casos, lo puede contar de milagro. Frankie es una niña que ha dejado de parecerlo pero no es consciente de ello, sus amigas ya no la quieren porque no es lo suficientemente adulta, un soldado le presta atención de más porque ella lo confunde dándole conversación y pidiéndole ir a su habitación (hay que tener en cuenta que ella no tiene la más remota idea de lo que él cree que va a pasar en la habitación y cuando empieza consigue zafarse de milagro) y digo que lo confunde porque él piensa que ella es mucho mayor de lo que es, pero como no lo es está llevando una iniciativa que no es tal sin saberlo. También tenemos que hablar del padre de Frankie, que no está y así ella no tiene un referente protector en su vida y un hermano que estuvo pero se ha ido.

Si tuviera que compararlo con otras novelas, se me vienen a la cabeza dos, probablemente porque todos los (pre)adolescentes se parecen de alguna manera: por un lado El guardián entre el centeno, una historia que fascina a mucha gente pero que cuando quien esto escribe piensa que ella llega a la conclusión de que se resolvería todo dando un par de tortas al protagonista, por niñato... tratamiento totalmente aplicable a Frankie; y, por otro lado, Matar a un ruiseñor (no hablo de calidad, ojo, que Frankie y la boda me ha gustado pero Matar a un ruiseñor está a años luz de ella) en la medida en la que lo que se cuenta está tamizado por la visión de una niña que no termina de sentirse cómoda en el papel que le ha tocado en el mundo, aunque a Frankie le falta toda la dulzura, inteligencia y bondad que vemos en Scout, pero su ingenuidad es similar.

En definitiva se trata de una novelita breve (poco más de 200páginas) que narra un momento breve pero intenso por el que pasamos todos cuando dejamos de ser niños.

Pueden leer el resto de reseñas en los puntos de venta habituales: Desgraciaíto, MG, Carmen y Newland. Nos vemos en breve con las Ficciones de Borges

Otelo, el moro de Venecia

Acudo, una vez más, a la llamada del Club de lectores 2.0 con algo de retraso por cosas de la vida, pero acudo, que es lo importante, más vale tarde blablablá.

En esta ocasión, el libro, propuesto por Desgraciaíto, es ni más ni menos que una obra del autor de teatro más conocido de todos los tiempos: Otelo, de William Shakespeare. Es curioso que siendo el autor de teatro más importante de la historia, con el plus de que ya era conocido en su propia época, sea tan poco lo que sepamos de su biografía, pero en fin, nos ha llegado lo que importa de verdad, que son sus obras, y por ello debemos dar gracias a diario a la musa Talia por inspirarle.


No había leído Otelo hasta ahora, creía que sí, pero porque lo he visto en teatro universitario y mi madre es una gran aficionada a la ópera, pero no, he leído mucho Shakespeare pero no esta, y ha sido lo que esperaba e incluso más, como siempre pasa con Shakespeare.



La historia es sobradamente conocida: Otelo, el moro, se casa locamente enamorado de la bella Desdémona y esta le corresponde a pesar de las dudas de su padre que da por hecho que ha sido contra su voluntad (recuerda a El mercader de Venecia, ni un padre cree que su hija pueda desobedecerle por amor); Otelo es, además, un gran militar por lo que el moro es muy respetado en Venecia. El drama comienza porque ha nombrado como segundo al mando a Casio y no a Yago, que es el auténtico celoso del drama y este, para vengarse, decide inventarse una trama en la que Desdémona está yaciendo con Casio para sacárselos a todos del medio y, por el camino, sacar tajada asimismo de lo que Rodrigo siente por Desdémona. Acaba como todos los dramas de Shakespeare, Desdémona muerta a manos de un engañado Otelo y aun así enamorada de él, Casio herido -necesitamos que Otelo sepa la verdad-, Rodrigo muerto y con la mujer de Yago desvelando el pastel. Por el medio vemos los tejemanejes de Yago, que es más malo y envidioso que la tiña, vemos cómo Desdémona está tan ciega de amor y es tan buena que ni siquiera cuando sabe que va a morir culpa de Otelo porque lo sabe engañado (es mujer, estamos en el siglo XVI, así que lo importante es saberse honrada le hagan lo que le hagan etc, etc) vemos a Rodrigo que es más tonto que un zapato y cree que Yago actúa desinteresadamente y por unas joyas de nada a su favor y vemos a Otelo ir pudriéndose en la amargura poco a poco, por confiado.

Llama la atención, y mucho, el personaje de Emilia, esposa obediente pero que se huele la tostada y se resiste todo lo que puede a las malas intenciones de Yago, que no duda en traicionarle -aunque me resisto a llamar "traición" a delatar al bicho que tiene por marido-, que tiene el valor de cantarle las cuarenta a Otelo cuando ve que ha matado a Desdémona y llama la atención porque hablamos de una época en la que las mujeres por no poder no podían siquiera actuar (sus papeles en la corte de Isabel  I La reina virgen eran representados por hombres) pero, la ficción, como siempre, está de nuestro lado y las alianzas femeninas son muy frecuentes en el teatro clásico.



Espero que nadie haya llegado con esto a la conclusión de que Shakespeare era un autor feminista como no era un luchador contra el racismo a pesar del maravilloso monólogo de Shylock, era un maravilloso creador de personajes que plasmaba en sus tragedias las distintas actitudes del ser humano.

Puede leer el resto de reseñas en los sitios habituales: Desgraciaíto, Carmen, MG y Juanjo en la página del Club de lectores 2.0.


Los vagabundos de la cosecha

Acudo una vez más impuntual (shame on me!) a mi cita con mis compañeros del Club de lectura 2.0 para reseñar el libro cuya lectura hemos compartido en estos dos últimos meses que, en principio, iba a ser Germinal de Émile Zola pero que, gracias a la sabiduría de Carmen (y la extensión del libro), fue sustituido por Los vagabundos de la cosecha de Steinbeck y hablo de sabiduría porque me hacen en estos momentos de mi vida leerme un libro naturalista con todas sus llamadas a todo lo feo del mundo y no sé qué habría sido de mí.

Los vagabundos de la cosecha no es una novela sino una serie de reportajes que Steinbeck escribió para ¿denunciar? la situación que luego novelaría en Las uvas de la ira, es decir, nos va a contar, con una gran sensibilidad y solidaridad, las condiciones de vida de todos aquellos granjeros que pagaron a lo bestia las consecuencias de la Gran Depresión.

Así pues nos encontramos con una galería de granjeros del sur y medio oeste que lo han perdido todo y han tenido que emigrar a California con sus familias para cosechar por salarios de miseria las tierras de otros que no tuvieron la desgracia de encontrarse con la pertinaz sequía y el polvo (¿Han visto Interstellar? Lo que cuenta del polvo al principio de la película es real, sólo que no pasa por el motivo ni en el tiempo que describe la película, sino en los años 30, es lo que vivieron estos vagabundos de Steinbeck que tenían que darle la vuelta a los platos para poder comer sin polvo, algunos de los ancianos que salen en ese inicio eran estos niños) Allí nos encontramos una galería de seres tristes, de familias humildes pero orgullosas y profundamente trabajadoras en una situación tan terrible com predecible hasta el punto de que, en uno de los reportajes, Steinbeck puede datar como si fuera una prueba con Carbono14, cuánto tiempo lleva la familia en esa situación de chabola limpia, niños aún vestidos y comida escasa y cuánto tiempo le va a llevar convertirse en una más como otras, con chabola sucia, niños que corren desnudos, un par de bebés muertos por familia y comida saciante pero que provoca desnutrición.

Cuenta Steinbeck cómo estos antiguos granjeros americanos que han caído de pronto en la pobreza total vienen a sustituir a extranjeros que eran aún peor tratados, peor, sí, pero por muy poco; narrará cómo no les permiten sindicarse y apenas reunirse, cómo se oponen a la construcción de campamentos por parte del gobierno que no sólo funcionan en todos los sentidos materiales sino que además les devuelve la dignidad y la humanidad que poco a poco van perdiendo a base de hambre y ver morir a sus hijos, cómo hacerse un esguince es un drama intolerable que les lleva de la subsistencia a la nada y todo porque los granjeros de California que se han librado de la Gran Depresión hacen constantemente trampa y aplican técnicas matoniles y mafiosas, como contratar el doble de mano de obra que necesitan con el único fin de mantener los salarios en la miseria.

Es un libro muy interesante que nos remueve la conciencia, entre la literatura de denuncia y el reportaje periodístico sin ser ninguna de las dos cosas, demasiado real para ser literatura y demasiado subjetivo para ser periodismo (Steinbeck no tiene el menor pudor en regar casi cada párrafo de opiniones sobre lo justo y lo injusto) y, además de interesante, es brevísimo, apenas 70 páginas de puñetazos en el estómago, lo justo para llegar al final sin descomponerse. Léanlo y tomen conciencia.

Pueden leer el resto de reseñas en los sitios habituales: Desgraciaíto, Carmen, MG y Juanjo que se ha instalado definitivamente en la página del Club.

La muerte de Ivan Ilich

Con algo de retraso y además tarde (perdónenme tan estúpida broma, no se volverá a repetir), me uno a mis compañeros de Club de lectores 2.0 para la reseña bimensual que, en esta ocasión, versará sobre La muerte de Ivan Ilich de Leon Tolstoi, autor que ha tenido a bien escribir una genial novela (y, digan lo que digan mis compañeros, muy divertida en su amargura) que no tiene un gritón de páginas.

La muerte de Ivan Ilich tiene un título absolutamente descriptivo, como las demás novelas de Tolstoi (Guerra y paz habla de las invasión napoleónica o Anna Karenina de esa señora tan petarda) y es interesante ver como a partir de una simple anécdota -la muerte de un hombre- Tolstoi perfila una filosofía vital que, a la vista de cómo acabó su vida (separado de su mujer e intentando donar sus propiedades a los pobres, tras una vida tratando de huir de la vida lujosa que tenía por nacimiento) refleja, quizá, una explicación de a qué venía tanto deseo de alejarse de todo.

La novela comienza con el funeral de Ilich, eso le permite a Tolstoi mostrarnos una galería de personajes a cada cual más inane y absurdo: vemos unos amigos que están preocupados por quién reemplazará a Ilich a las cartas y, más importante y mezquino, quién saldrá beneficiado laboralmente por su muerte; vemos también a su esposa, la afligida viuda, que sólo tiene como preocupación procurarse una pensión y nada más, ahí se acaba su duelo... que no digo yo que la señora tuviera que amarlo locamente -a lo largo de la novela vemos que se casaron enamorados pero no terminaron así- pero un poco de discreción en esos momentos es de agradecer.

Lev Tolstoi, venerable
Después de narrarnos esos funerales, esto es, mostrarnos el presente de Ilich, el autor nos lleva de la mano por toda su vida, vemos de dónde sale y cómo va ascendiendo cada vez más en la judicatura pero no por interés profesional, sino para poder conseguir proveer a su familia de una vida más material, con más relaciones aristocráticas, para ello no les importan abandonar por sistema lugares de residencia y amigos. Tanto es así que, después de ver que nunca es suficiente y cada vez que se establecen y parecen satisfechos llegan las nuevas apreturas, parece haber llegado al final del camino (porque muere, que el lector intuye que no será así una vez más) sufre un accidente estúpido y aparentemente sin importancia que le llevará a la muerte -un simple golpe en el costado- y el pobre Ivan Ilich se siente traicionado... y con razón. Después de una vida de hacer lo que se espera de él, cada vez más y mejor, después de casarse con quien debía, de tener los hijos que debía y soportar perder a algunos, después de casi casar a su hija bien -no llegará a verlo-, después de conseguir 5000 rublos más en un nuevo cambio, después de haber decorado su casa a todo lujo personalmente... después de todos sus esfuerzos de él no quedará nada porque la vida no funciona así, no hay premio haciendo sólo lo que se espera de nosotros. Como decía, interesante, de lectura sencillísima a pesar de los mil matices que encierra.

Pueden leer el resto de reseñas en los sitios habituales: Desgraciaíto, MG, Carmen y Newland.

Pepita Jiménez

Hace muchos, muchos años, tantos como 26 (¡Ay! ¡qué mayor a la par que experimentada soy!) quien esto escribe tenía un profesor de literatura que se llamaba Juan Valera, que, para más enjundia, ha sido el mejor profesor de literatura que jamás he tenido; no olviden, que, como licenciada en filología, si algo he tenido yo en la vida, han sido profesores de literatura, así que ya tuvo mérito aquel señor jovencísimo en aquel lejano curso de BUP (repito: han pasado 26 años), un crío que nos trataba como seres pensantes y que nos hablaba con pasión arrebatada de libros y autores. Fue la primera vez que oí hablar de Pepita Jiménez, no porque entrara en materia, sino porque nos pareció una casualidad curiosísima... en fin, tontás de los quince años.

La segunda vez que oí hablar de este libro fue a mi abuelo, lector voraz que perdió la vista en los últimos años y seguía leyendo gracias a la ONCE y sus libros en cinta. Fue el último libro del que hablamos, no porque fuera el último que leyera sino porque fue el último que le entusiasmó de veras. A ver, también lo estudié en la facultad, pero era uno entre tantos y, dentro del curso del realismo, estando ¡Galdós! y Clarín (de hecho intenté que, para el Club, Pepita fuera Ana Ozores o Jacinta, pero no me dejaron por extensión narrativa), Pardo Bazán y Blasco Ibáñez pues qué se yo, no me dio por leerlo... 

En definitiva, dijo la mujer perifrástica gran enemiga de la brevedad, Pepita Jiménez lleva en mi pila de pendientes más de un cuarto de siglo y de pendientes apremiantes más de quince años pero no sé por qué no ha sido hasta que he podido enredar a MG, Desgraciaíto, Carmen y Newland que me he puesto a ello... y bueno, cómo decirlo, es una novela realista -eso es un pro, me encanta el realismo como movimiento-, sin páginas y páginas de descripciones -pro-, con una prosa exquisita -pro-, pero también sin chicha a la que agarrarse; es decir, está bien, se lee rápido y sin dolor, no hay nada que chirríe en lo que cuenta, hay un juego literario que me ha parecido sensacional, pero a partir de la mitad -cuando dejamos de leer cartas- decae y se hace un poco aburrido. 

Es realismo, es decir, todo, o prácticamente todo, es previsible, me explico: sabemos cómo va a terminar porque nos pone delante seres profundamente racionales que sólo son vencidos por el amor si son jóvenes y, aún así, podrían luchar contra ello si la sociedad se lo exigiera... aunque en la vida real no sea necesariamente así (el bisabuelo de mi abuela le robó la novia a su hijo y lo desheredó; de un lado quedó el robanovias con sus nuevos hijos, todos médicos y bien situados en una ciudad de provincias, y de otro el hijo -del que yo desciendo- que tuvo que buscarse la vida) El problema es que la literatura es otra cosa, pueden tener un final de seres racionales sin aburrirnos... ¡porque a la gente le pasan cosas, señor Valera!

Pero, aún así, no puedo no recomendarlo porque, como decía, hasta la mitad es una maravilla; Valera prescinde del narrador y nos pone a un hombre que va a tomar los hábitos a escribir cartas y, aunque no vemos jamás las respuestas, las deducimos porque nosotros le diríamos exactamente lo mismo; vemos cómo el personaje se va engañando para no aceptar que se está enamorando de la misma mujer que su padre quiere convertir en madrastra, vemos cómo le mueve la culpa, cómo se niega, cómo se deja llevar, cómo trata de huir de esa situación y el proceso es tan claro, está tan bien descrito que dan ganas de aplaudir de pie... hasta que llega la segunda parte y todo se va al garete... en mi caso -confieso- se va al garete porque tenía la esperanza de que todo fueran imaginaciones suyas y Pepita no le correspondiera (conocía el final, pero yo qué sé, si algo está bien escrito me meto tanto en lo que leo que me convencí de que Santiago Nasar podía salvarse) lo cual hubiera hecho la novela infinitamente más divertida. 

En fin, si tienen un rato, léanla al menos hasta la mitad y a partir de ahí decidan si quieren seguir o no, que yo no les fuerzo.

Pueden leer el resto de reseñas en los sitios habituales: MG, Carmen y Newland.

No sabemos si habrá un siguiente libro del Club, si no, ha sido un placer, si sí, seguiremos sufriendo pero, sea sí o sea no, lean, lean, malditos.

Butcher's crossing

Acudimos presto a nuestra cita de cada dos meses (cada vez que pienso que al abrir esto mi idea era escribir al menos tres reseñas cada semana se me cae la cara de vergüenza) con el Club de lectores para hablar de la novela de John Williams, Butcher's crossing.

No hubiera dado crédito si hace diez años, diez meses, diez semanas, diez días o diez minutos alguien me hubiera dicho que iba a leer hasta el final, completamente atónita, y sin sufrir un libro que va -atentos- sobre el viaje iniciático de un niño pera americano del XIX que le lleva a una América aún deshabitada (y que seguramente seguirá hoy igual de vacía, qué demonios) a cazar bisontes hasta la extinción; pero sí, es eso, nada más que eso, y a pesar de una premisa tan marciana (para mí, ojo) la cuestión es que, sin que haya sido el enganche del siglo el libro, me ha gustado bastante porque el autor consigue, a pesar de un millón de defectos -qué prosa más empalagosa Jesús Jesús-, que el lector se meta si no en la historia -a ver, que va de cazar bisontes hasta la p*** extinción, es francamente difícil meterse en su piel- en el paisaje hasta el punto de que hay una parte en la que se quedan sin agua y quien esto escribe -en esa parte y sólo en esa parte en concreto- tuvo que seguir leyendo a pesar del sueño hasta que la encontraron, muerta de sed pero sin animarse a traicionar a los personajes yendo a beber agua cuando ellos no tenían. He pasado unos días un rato cubierta de polvo, he pasado un calor horroroso y un frío incluso más horroroso y, sobre todo, mucha mucha sed mientras veía horrorizada como a nadie le preocupaba que estaban acabando con los bisontes, lo sabían y les daba igual. Otro acierto, a mi entender, es que aunque es obvio que el niño pera cambia muchísimo durante el viaje, el autor no nos hace ver que hubiera encontrado el sentido de la vida, es su experiencia y sólo es aplicable a él, bien por Williams.

No me atrevo a recomendarlo muchísimo pero desde luego no lo des-recomiendo. Anímense a pasar sed, o no, anímense a ver como un personaje al que respetarán ¡a pesar de esto! está empeñado en acabar con una especie de reserva de 3000 bisontes cuando ya apenas hay, o no, yo qué sé, si les da igual la historia pero quieren sumergirse DE VERDAD en el salvaje oeste como si fuera realidad virtual, adelante.

Tienen el resto de reseñas en los sitios habituales: Mg, Desgraciaíto, Newland y Carmen.

Salvo que venza la pereza y me anime al menos a reseñar Patria de Fernando Aramburu (qué novelón, léanla por Dios) nos vemos en el siguiente libro club en dos meses con Pepita Jiménez.

Grandes Esperanzas

Una vez más, los ya no tan aguerridos miembros del Club de lectura se enfrentan a la lectura compartida de un libro que, por una vez, ha obtenido la unanimidad en positivo ¡albricias! Quizá sería interesante añadir a esta pequeña presentación, que hace un par de años, a la hora de elegir los libros, habíamos propuesto nada menos que DOS libros de Dickens, uno se descartó porque llamó más la atención otra cosa y el segundo... porque perdió el Atleti... ¿Qué añadir? YA NOS VALE. En fin, al lío.

Es conocido que Grandes esperanzas es una de las obra cumbre de Charles Dickens (o Carlitos Dickens como decía mi abuelo), una novela de aprendizaje que fue publicada en entregas y, como tal, tiene la dificultad añadida de que debe mantener al lector interesado en cada entrega, esto es, aun siendo una novela realista -cuya característica más conocida, que no principal, es que está plagada de descripciones- está escrita con un ritmo tal que nos empuja a continuar página tras página y no crean que es fácil mantener el interés en la historia de una persona sin importancia haciendo en la trama giros completamente locos que parezcan giros completamente cuerdos, no olviden que todo lo que nos cuenta es posible y, más importante aún cuando hablamos de ficciones literarias, es absolutamente verosímil.

Dickens era, además, un gran narrador de clases. En este caso nos encontramos con un niño huérfano de clase trabajadora (no tenía ni idea de cómo era una herrería y después de Grandes Esperanzas tengo la sensación de haber estado con asiduidad en una, háganse una idea de qué supone leer a Dickens), con una hermana que lo maltrata y un cuñado bobo de buen corazón que tiene su misma edad mental, que aunque es de buen conformar no tiene mayor deseo en la vida que ser un caballero. El deseo le nace que los días que pasa acompañando a una suerte de rosita la soltera que, a pesar de que en todo momento lo trata bien, no así la niña Estela, le abre las puertas a un mundo de caballeros en el que Pip se ve, y ve a su entorno, zafio y vulgar. Un golpe de suerte que no desvelaré hace que aparezca un benefactor que se haga cargo de su educación, es decir, de su conversión en caballero, una segunda etapa que, al ser una novela realista, no pasa de pronto, no es un camino de rosas, no nos pontifica sobre qué vida es mejor, sólo pasa, como pasan las cosas en la vida.

La Doña Rosita la soltera de Dickens,
fíjense si está de lo suyo que la interpreta Helena Bonham Carter.
El ritmo y la dosificación de la información en esta novela está tan bien manejado que no se hacen nada pesadas su casi 700 páginas. Vemos distintos escenarios casi como si estuviéramos en ellos, conocemos personajes que podrían ser reales -sí, incluso la eterna novia- a lo largo de una vida extraordinaria que lo es gracias a un golpe de suerte. 

Pueden leer el resto de reseñas del Club en los sitios habituales: la casa de la rubia MG, La mesa cero de Desgraciaíto, el Mundo de Carmen y la página del Club, donde encontrarán a Newland.

La gran migración

Me reúno una vez más (aunque de nuevo con cierto retraso) a mis compañeros de Club de lectores 2.0 para comentar el libro bimensual, en esta ocasión un interesantísimo ensayo sobre los movimientos migratorios cuyo título es el de esta entrada de autor alemán Ezensberger.

La única pega que se me ocurre, así de pronto, es que es un libro difícil de encontrar pero, si el lector salva ese ¿pequeño? escollo, todo lo demás son ventajas.

El libro son 33 brevísimas acotaciones (el propio autor las llama así, acotaciones) en torno a las migraciones (la humanidad lleva migrando desde que antes de llamarse humanidad), qué significa migrar, por qué motivos, qué supone esa migración, desde cuándo se da (desde siempre), etc.
Más que de conclusiones, La gran migración es un libro de preguntas que el lector debe hacerse, y es que, en torno a este tema, lo que vivimos hoy ya lo hemos vivido con anterioridad y lo viviremos en el futuro, por lo que la única conclusión del libro es que la migración es una constante, problemática, sí, pero constante, que de alguna manera todos somos migrantes (puede que no en el presente, pero lo fuimos y/o lo seremos) y por lo tanto ni la xenofobia ni el nacionalismo (también constantes) tienen sentido.
Cualquier migración desencadena conflictos, independientemente de la causa que la haya originado, de la intención que la mueva, de su carácter voluntario o involuntario, o de las dimensiones que pueda adoptar. Tanto el egoísmo de grupo como la xenofobia son constantes antropológicas previas a cualquier justificación, cuya difusión universal permite pensar que fueron anteriores a cualquier forma social conocida. Para frenar dichas constantes, pare evitar continuos baños de sangre, para posibilitar un grado mínimo de intercambio y circulación entre clanes, tribus y etnias, las sociedades antiguas inventaron los tabúes y los ritos de hospitalidad. Tales mecanismos no suprimen, sin embargo, el status de forastero; al contrario, lo consolidad. El forastero goza de hospitalidad, pero no puede quedarse.
Un poco mas adelante (la cita es toda la acotación número cinco) el autor explica, de la manera más sencilla imaginable, por qué nos sentimos dueños de la tierra que habitamos, y lo hace con la metáfora del tren: cuando llegamos a un compartimento vacío nos sentimos afortunados, repartimos nuestras pertenencias por todo el espacio; un rato después llega alguien, ya no es tan cómodo como cuando íbamos solos pero es soportable, aunque tenemos que replegar velas podremos mantener una conversación; poco después aparece un tercero y la cosa se complica un poco más, hemos entrado en complicidad con el segundo (sin necesidad de hablar con él en ningún momento, piense que no ha habido tiempo) para detestar al tercero porque ha entrado en el compartimento ¡nuestro compartimento! y pretende que le dejemos sitio; y qué decir del cuarto compañero de compartimento cuando aparece, los dos primeros ya estaban molestos con el tercero, que está, a su vez, francamente incómodo con el cuarto pero no siente la complicidad con los otros dos que tienen entre sí... todos nos hemos visto en esa situación que es tan fácilmente traducible a la tierra que pisamos: estamos en ella por casualidad, vivimos en una prosperidad que, aunque puede que contribuyamos con todas nuestras fuerzas, no hemos creado (ojalá fuera tan fácil crear bienestar como destruirlo) y nos sentimos ¿invadidos? cuando otros vienen aunque, en al mismo tiempo, nos sentimos legitimados para cambiar de compartimento si se nos hace incómodo el que aparece en nuestro billete.

La gran migración continúa, el ser humano es así, no siempre es una huida; piense, querido lector, que las fiestas de los pueblos se inventaron para evitar la endogamia.

Pueden leer el resto de reseñas en los sitios habituales: MG, Carmen, Desgraciaíto y Newland en la página del Club.

Felicidades Anijol

Hoy es un día estupendo; por fin ha salido el sol y parece que esta vez lo ha hecho para quedarse, los pajaritos cantan, las nubes se levantan y se largan con viento fresco y, sobre todo, es el cumpleaños de ANIJOL ¡¡bieeeeeen!!

Si alguien no sabe quién en Anijol, déjenme que les dé sólo una pequeña pista para que se hagan una idea de lo estupenda que es: llevo un tiempito persiguiéndola para que me eduque al niño porque los suyos son tan estupendos que creo que me va a ser imposible hacerlo igual de bien, ni siquiera sé si seré capaz de acercarme; así que, si estaba dispuesta a confiarle (por fiiiii) la crianza de mi propio hijo con los ojos cerrados (porque se niega la jodía, que si no, allí que estaba), no hay nada que crea que pueda hacer mal, nada en lo que no sea generosa, inteligente, valiente, sagaz, divertida y un etc de adjetivos elogiosos tan largo, que necesitaría una década para terminarla.

 ¡Felicidades, Guapetona!

El príncipe

Una vez más, aunque unos días tarde (Se me cae la cara de vergüenza) me reúno con mis compañeros lectores del Club de lectura 2.0 para reseñar el libro del ¿bimes? (esto de leer cada dos meses provoca jaleos como hacerse un lío con las fechas como ha sido mi caso, o que si seguimos leyendo pegados a la fecha simplemente no llegamos). 

En fin, sin más dilaciones que no interesan a los lectores, el libro de este mes es El príncipe de Maquiavelo, un texto que debiera ser de lectura obligatoria en todos los institutos del mundo, aunque sólo fuera por la cantidad de la gente que lo cita sin tener ni la más pajolera idea de lo que va, que es como la manzana de la Biblia, que todo el mundo la cita y no existe.

La historia del libro es conocida, Nicolás de Maquiavelo, inspirándose en las andanzas de Fernando el Católico, le regala este texto a Lorenzo de Medici para ayudarle en su labor de gobernante y tras su muerte, el libro es publicado. A partir de aquí no sé si es que no se entiende bien -aunque a mi parecer Maquiavelo se explica perfectamente- o que la celebérrima el fin justifica los medios que no está con esas palabras en el texto han hecho que hayamos convertido el nombre de Maquiavelo en algo para justificar la maldad más abyecta si se persigue un fin claro... y no, no es eso, no es eso exactamente... y decimos eso sin necesidad de cebarse en el hecho de que es un texto del siglo XVI, que tenemos la manía de leerlo todo en clave presente, y aunque todo es aplicable al presente con ligeras actualizaciones, es innegable que El príncipe es, como el código de Hammurabi, en su momento un canto a la cordura y a la justicia; lo siento, jóvenes, pero que el príncipe sepa serlo a base de tener contento al pueblo, en el siglo XVI, es una suerte lo miren por donde lo miren.

Maquiavelo escribe un tratado explicándole a Lorenzo de Medici qué tiene que hacer si quiere seguir siendo gobernante, y la conclusión no es que el fin justifica los medios sino que tiene que utilizar la astucia para llegar al poder y, una vez en él, mantenerse. Tras contarnos los distintos tipos de lugares gobernables nos dirá Maquiavelo que para mantenerse en el poder no basta el miedo, no basta tener a los nobles contigo, no basta tener al pueblo contigo, no basta con ser justo... sino que el arte de la gobernanza consiste en una mezcla adecuada de todo lo anterior... y lo divertido es que todo lo que dice es aplicable a día de hoy, y de ahí su fama... ahora bien, huya de aquel aspirante al poder que lo cite porque, si lo conoce, malo, y si no lo conoce y se limita a el fin justifica los medios, peor.

Del texto me han llamado la atención un montón de cosas, pero hay un fragmento en especial a propósito del principado civil:

En todas las ciudades [con intención de aplicarlo a la actualidad entiéndase naciones] existen estas dos facciones distintas y se debe al hecho de que el pueblo no quiere ser sometido ni oprimido por los poderosos y los poderosos quieren someter y oprimir al pueblo; de estas tendencias nace en la ciudades uno de lo estos tres efectos: principado, libertad o desorden.

El mundo de hoy está muy lejos de ser un paraíso de libertad, pero son muchos los que ahora nos venden que vivimos en un principado, casi tantos como los que no hace tanto decían que eran ellos o el desorden... Las libertades que hoy disfrutamos nos han costado siglos de luchas y, como se vio durante el siglo XX, el progreso tecnológico y científico, la riqueza, la cultura, el bienestar, y la aparente felicidad, no garantizan nada, basta una crisis prolongada para mandar todas las libertades al traste. 

Soy consciente de que no es una reseña al uso, porque es francamente difícil hacerles partícipes de la lectura de un texto tan complejamente sencillo como este, salvo que se acerquen al texto, que es breve, brevísimo pero de los que pasan a la historia. Y, por cierto, si se animan, leánlo con las anotaciones de Napoleón, el megalomaniaco más enloquecido de la historia, que no le hizo caso al sabio Maquiavelo y ya saben cómo acabó la historia.

Pueden leer el resto de reseñas en los sitios habituales: ya están MG, Desgraciaíto, y en algún momento aparecerán las de Carmen y Juanjo.

Los viajes de Gulliver

Año nuevo, vida nueva, se suele decir; en esta ocasión, esa vida nueva es que, cansados de tanto desatino lector, hemos decidido en este, nuestro Club de lectura 2.0, darnos un respiro y en vez de leer un libro al mes, lo haremos cada dos meses (más o menos, que este bimestre se nos ha ido un poco la fecha), a ver si así conseguimos sostener esta tortura peregrina maravillosa idea de leer juntos libros que nos horrorizan fascinan.

Empezamos con un clasicazo maravilloso e hiperconocido por todo el mundo: Los viajes de Gulliver de Swift, una crítica feroz* a la sociedad inglesa de la época contada por un viajero llamado Gulliver que, ni corto ni perezoso, planta a su mujer e hijos cada dos por tres para embarcarse y perderse (literalmente, lo hace sin querer, aunque sea como el chiste del oso) por el mundo... yo no viajaría con él, porque barco que coge, barco que se va al carajo y, con la suerte que tiene este señor, no podía ir a sitios normales nooooo, tiene que encontrarse con enanitos, gigantes, caballos y gente rara por todas partes, tan rara pero, al mismo tiempo, tan curiosa (salvo los más conocidos, los liliputienses, todos son infinitamente mejores que lo que Gulliver encontrará en Inglaterra, incluidos los académicos) que cuando vuelve (años duran sus viajes) no puede convivir con los yahoos.

La novela es una sucesión de feroces críticas a todo lo criticable del entorno del autor; empieza por al ansia de poder de los gobernantes que meten a sus pueblos en guerras por cualquier peregrina diferencia que encuentran con sus vecinos al tiempo que son traicioneros y mentirosos, seguidos por una crítica directa a la Inglaterra que Gulliver simula explicar con devoción a un gigante que no da crédito ante la sarta de disparates que le están contando, para después irse a islas flotantes llenas de gente extrañísima en un totum revolutum y, finalmente, como los humanos de todos los tamaños y pelajes no le sirven para suficiente crítica, Gulliver se juntará con unos caballos que resultan ser infinitamente más civilizados que el más civilizado de los humanos.

Pareciera que he contado el libro hasta el final en unas pocas líneas, y no lo desmentiré, pero tengan en cuenta que no he entrado a fondo en el contenido, así que pueden ustedes sumergirse en una historia mil veces versionada en el cine (la última versión, que yo sepa, es infame de puro estúpida, diría que Jack Black, o quien demonios haya perpetrado eso no ha entendido un carajo) pero donde no hay una sola versión (que yo conozca) que cuente de verdad lo que de verdad importa desvelar al autor. No es tan divertido, ni tan valiente, como La isla de los pingüinos pero si ha pasado a la posteridad con tanta fuerza es porque puede leerse en su versión superficial en plan "oh, mira un enano, oh, mira, un gigante, oh, mira Laputa jijiji" y en su versión profunda, donde no deja títere con cabeza.

Pueden leer el resto de reseñas en los lugares habituales: MG, Desgraciaíto, Newland y Carmen.


*se van a hinchar a leer crítica feroz en las reseñas, mis compañeros lectores son muy mimimimi, y a pesar de eso por eso les quiero tanto.

Novelas policiacas de Pierre Lemaitre: la serie Verhoeven

Hace unos meses, por cosas del Club de lectura 2.0, leí Vestido de novia, del autor francés Pierre Lemaitre; me gustó tanto, tantísimo, que saqué de mi lista de pendientes Nos vemos allá arriba, novela que lo catapultó al paraíso de los escritores con premios de prestigio y que, además, me llevó a tomar la decisión de leer todo lo que traduzcan de este autor, pero todo, todito, todo... y ahora andamos esperando a que traduzcan más, que lo que hay me ha sabido a poco, delicioso, pero a poco.

Lemaitre tiene, además de las novelas ya citadas (profundamente inquietante una, muerte por ternura la otra) una serie de novelas policiacas de las que, de momento, se han traducido tres y que, como se ve que ya no sé leer sola, me dispongo a reseñar al tiempo que lo hace MG, pásense por su casa con frecuencia, que  como es una lectora voraz seguro que sacan de allí un montón de cosas interesantes que hacer con su tiempo.

El hilo conductor de las tres novelas es la presencia del detective protagonista, Verhoeven (qué apellido tan raro para un francés ¿no?), un hombre de muy corta estatura, con una historia personal que contar, que dibuja muy bien y que tiene una intuición muy particular que le lleva a desvelar casos que son profundamente complicados:

En la primera novela de la serie, Irene, nos encontramos con un Verhoeven que es ciertamente feliz, casado con una mujer que no es para él (en la medida en la que es normal y razonablemente feliz frente al diminuto y caustico detective) que, para mayor alegría, está a punto de dar a luz al que será su primer hijo... Ni que decir tiene que Verhoeven no contaba ni con Irene ni con su hijo en su línea vital, daba por hecho que moriría solo y amargado. Como es la primera de la serie, el autor se recrea más en detalles de la vida de Verhoeven en los que no insistirá en las demás novelas por lo que, aunque se pueden leer de forma independiente, es recomendable empezar por esta, aunque sólo sea porque las demás nos revientan su final. En esta ocasión, el detective -que conseguirá fama tras este caso- ha de enfrentarse a un asesino que mata mujeres de una forma particularmente cruel, ya que las tortura y mutila con el único objetivo de dejar una imagen espeluznante de los cuerpos y, como en las demás, le seguimos en su investigación, vamos viendo poco a poco sus avances y, a diferencia de lo que es ley en el género (Véase Poirot como ejemplo), comprendemos sus procesos mentales así como su forma de trabajar. No entraré en detalles para no destripar la trama porque, si hay algo que caracterice a este autor, es que en sus novelas cuando parece que todo empieza a aclararse se produce un giro que vuelve todo del revés y hay que empezar de nuevo a construir.

La segunda novela de la serie, Alex, empieza con el secuestro de la mujer que le da título. Lo curioso del secuestro es que Alex vive sola y parece estar muy sola en la vida, por lo que prácticamente nadie hubiera notado su ausencia (en el trabajo sí, obvio, pero acababa de dejarlo, qué casualidad) de no ser porque un hombre ve de milagro cómo se la llevan... y paro aquí porque, nuevamente, no conviene destripar más cosas sobre la trama. He de decir que si bien me gustó más Irene, el ritmo de Alex, así como sus giros en la historia, es infinitamente más intenso, hasta el punto de que si el lector comete el error de llevarlo como lectura de antes de dormir es posible que le den las tantas de la mañana. Irene es una novela muy bien construida, Alex es un sinvivir en la que nada es lo que parece. Lo curioso del asunto, es que, una vez más, aunque me gustó más Irene, reconozco con cierta sorpresa que, con la perspectiva del tiempo, Alex ha dejado un poso mucho mayor así que la pregunta que me viene a la cabeza es ¿qué novela es mejor: aquella que se disfruta leyendo en el momento pero se va borrando o aquella que se disfruta menos en el momento pero también una vez leída? pregunta ciertamente absurda dado que me han gustado mucho ambas, ea.

La tercera ¿novela?, Rosy & John en realidad no es tal, es un relato por encargo para plataformas móviles, es decir, que aunque la trama es interesante, el ritmo trepidante etc. etc. sabe a poco simplemente porque es muy breve (hecho objetivo) y los editores en España han decidido que se puede vender como novela lo que es una novela corta (y aquí entra la subjetividad, si el lector se espera una novela de la duración habitual, cuando lee fin siente cierta decepción); sépase que no tengo problemas con el precio, considero que los derechos de autor son una de las especies más maltratadas (y muy malamente explicadas por las asociaciones de los derechos que no corresponden a los libros) en este país, pero si es una novela corta se dice y ya está, no pasa nada (de hecho su duración es claramente justificable al estar pensada para leer en un teléfono móvil), no me anuncien a bombo y platillo "la nueva novela del detective Verhoeven" cuando se trata de algo que apenas llega a las 100 páginas. Dicho esto, también es muy recomendable: en esta ocasión Verhoeven se enfrenta a un señor que ha puesto una bomba en París y se entrega a la policía diciendo que hay más, que estallará una diaria hasta que dejen salir a su madre de prisión... y una vez más, hasta ahí puedo leer. A medida que avanzaba en su brevísima lectura, como ya conocía un poco más al autor, era capaz de intuir en qué momento había trampas o, mejor dicho, el lector es ya capaz de anticipar que lo que parece en principio no es lo que de verdad sucede pero, ahora bien, jamás, jamás, jamás, es posible adivinar qué realidad se esconde tras el juego de sombras que propone Lemaitre.

Entre la serie Verhoeven y el resto, cinco son las novelas traducidas de Pierre Lemaitre al castellano y, si no fuera porque me llevaría más tiempo aprender francés de lo que van a tardar en traducir las otras tres que tiene publicadas, quien esto escribe ya se había matriculado en algún curso de la Alliance française... o lo que es lo mismo, lean a Lemaitre, les guste o no el género policiaco, porque ofrece mucho más que la historia de un detective, y si le han dado el premio Goncourt por Nos vemos allá arriba -que además no es policiaca- es por una estupenda razón.

Proyecto Christie. Diez negritos

Soy consciente de que no voy a descubrirle a nadie la pólvora al elogiar esta novela de Agatha Christie, pero es que, se publique cuando se publique este post (se ha cruzado por el medio este otro proyecto), es la primera novela policiaca que leo desde que era adolescente y la primera que leo de esta autora, que siempre he mirado con cierta fascinación por su vida pero no tanto por su obra... tenía prejuicios con la policiaca, qué le vamos a hacer.

La señora Christie, siempre pensativa
Así que, como hace dos dias -desde la escritura del post, que esto, insisto, se publicará después- y por motivos de salud tenía que estar inmovilizada un par de horas, le pedí a Zor una novela que no tuviera más de 200 páginas para darle un buen achuchón en esas dos horas y terminarla cuando fuera y, tras descartar un montón de títulos de ciencia ficción, se me ocurrió que podía ser un buen momento para algo tan intrascendente como Agatha Christie; primero pensé en Asesinato en el Orient Express, historia que conozco en detalle del gritón de versiones que se han hecho en cine, pero no andaba por casa, así que opté por la que sí y qué decir de ella: una delicia cuya historia tiene también un gritón y medio de versiones pero, curiosamente, aunque las hay a montones ninguna que de las que yo conozco se ambienta en la isla del negro sino que, al tratarse de misterio y crímenes, son muchos los autores de terror que la han llevado al cine a su manera.

La historia se nos hace sencilla porque, como decía, ya nos la han contado en distintas versiones un gritón de veces, pero hay que valorar el hecho de que quien primero la contó fue la señora Christie y, por si eso no fuera suficiente, además no ha perdido ni un ápice de emoción... porque no es realmente sencilla, es complicada a más no poder, llena de giros fascinantes.

Un grupo de desconocidos son invitados a pasar una noche en una mansión de la misteriosa isla del Negro; se trata de un grupo de ocho invitados (cada uno invitado por un motivo y persona diferente) y un matrimonio de criados que se encargará de atenderles. Una vez llegan a la isla, y son aislados, vemos cómo ninguno de ellos tiene muy claro el motivo real de la invitación ni quién demonios les ha invitado... El anfitrión de todos ellos, un tal Owen al que ninguno conoce, no aparece ¡sorpresa!, y de hecho los criados tampoco lo han visto nunca (han sido contratados por una agencia) Aún así, a pesar de la extrañeza qué demonios, son british, así que deciden disfrutan de la estancia. Tras la primera cena, a la hora de servir el café, suena un disco horrible que acusa a cada uno de los presentes de un terrible asesinato. Cunde el pánico y todos niegan su culpa ofendidos, salvo dos: uno, un inconsciente que atropelló a dos niños y sólo lamenta haber perdido un año el carné de conducir, y otro que dejó morir de hambre a veinte indígenas y no lamenta nada, después de todo hablamos del Imperio Británico y eran sólo indígenas (algo estaba cambiando en Reino Unido en 1939 -curioso año ¿verdad?- cuando se puede poner a un personaje al que no se odia de entrada sin inmutarse ante ese hecho al tiempo que se pone ese hecho como un crimen perseguible y castigable).

En la casa hay dos detalles de importancia, diez pequeñas esculturas que representan a diez negritos (no me vengan con lo políticamente correcto, sé lo feo que suena negrito hoy en día, pero entiéndanme, la novela se llama así y me parece que es el nombre adecuado para las esculturas) y un poema infantil que reza como sigue:
Diez negritos se fueron a cenar;
uno se asfixió y quedaron nueve.
Nueve negritos estuvieron despiertos hasta muy tarde;
uno se quedó dormido y entonces quedaron ocho.
Ocho negritos viajaron por Devon;
uno dijo que se quedaría allí y quedaron siete.
Siete negritos cortaron leña;
uno se cortó en dos y quedaron seis.
Seis negritos jugaron con una colmena;
una abeja picó a uno de ellos y quedaron cinco.
Cinco negritos estudiaron Derecho;
uno se hizo magistrado y quedaron cuatro.
Cuatro negritos fueron al mar;
un arenque rojo se tragó a uno y quedaron tres.
Tres negritos pasearon por el zoo;
un gran oso atacó a uno y quedaron dos.
Dos negritos se sentaron al sol;
uno de ellos se tostó y sólo quedó uno.
Un negrito quedó solo;
se ahorcó y no quedó... ¡ninguno!
Después de la cena, después de escuchar esas acusaciones, el inconsciente conductor toma un trago de su copa y cae muerto; al parecer ha tomado algún veneno (uno de ellos es médico) y ha muerto asfixiado... como es un inconsciente todos dan por hecho que se ha suicidado... en realidad es que tienen algo de miedo por lo desagradable de la situación pero, dado que ninguno de ellos se siente un asesino, no tienen motivos para relacionar el disco y el poema con su propia situación. A partir de ahí, lo esperable: van cayendo como moscas y el lector tratará de saber quién es el asesino acompañando a cada personaje en su busca. 

Lo maravilloso de la novela, y es con eso con lo que yo no contaba, es que la autora va cediendo y quitando voz a cada personaje y gracias a este artificio narrativo descubriremos quién es de veras un asesino gracias a su propia confesión, sentiremos lo que ello sienten, pensaremos lo que ellos piensan  de sí mismos y de los demás a medida que van desapareciendo... ¡y eso sin saber quién es el asesino!

Así que, querido lector, pierda sus prejuicio y déjese engañar por la señora Christie, si a pesar de ser literatura policiaca -hemos perdido la inocencia tiempo ha- y de una mujer -no necesito decir más ¿verdad?- las novelas de Agatha Christie se siguen leyendo locamente es porque trascienden un género que, como decía, no me fascina, por el estilo narrativo, por el tempo y la universalidad de lo que trata.

Por qué fracasan los países

Ha llegado el momento de cerrar el año del Club de lectores y, como estamos en crisis, nos lanzamos a hacerlo (conste que la decisión del orden de los libros se tomó hace meses) con un libro que trata de explicar las diferencias que hacen que unos países sean ricos y les vaya fenomenal, es decir, triunfen, y otros sean pobres y sin apenas derechos civiles, es decir, fracasen.

Tras haber leído el libro no paraba de preguntarme si los autores, Robinson y Acemoglu, son el americano del que habla Enrique Pinti en Salsa Criolla (el espectáculo entero es maravilloso, pero, si no les interesa a los lectores, el fragmento al que me refiero es el comienzo), incapaz de comprender por qué Japón triunfa a pesar de todo y Argentina fracasa a pesar de todo.



Empecemos diciendo que el libro es sumamente interesante, se dedica principalmente a derribar los argumentos que se han venido utilizando hasta ahora para explicar el éxito o el fracaso de los países y, a base de poner ejemplos, explica -o lo intenta- por qué la geografía, la historia y la ignorancia no explican nada, Argentina y Japón serían buenos ejemplos de ello... el problema son los ejemplos que pone, excesivamente abundantes en su desarrollo que acaban aburriendo al lector, en la medida en la que tengo la sensación lecturil de que podrían haber explicado lo mismo en 150 páginas, pero noooo, Robinson y Acemoglu son de los míos, perifrásticos hasta el final. 

Otro problema que me he encontrado con el libro es que quería leerlo a base de encontrármelo referenciado y eso ha hecho que no me descubra nada nuevo -salvo los 8000 ejemplos; llevo leyendo sobre élites extractivas e incentivos desde el comienzo de la crisis y encima todas esas referencias que mencionaba las había leído en blogs, es decir, en lugares que vienen a decir más o menos lo mismo que los autores en unas pocas líneas frente a las 600 páginas del libro.

En definitiva el libro está bien y es interesante, pero excesivamente largo; da para debate, para muuuucho y largo debate y, en caso de no conocer nada de blogs económicos es posible descubrir los conceptos de los que habla (que son novedosos, conste)

Pueden leer otras reseñas en los sitios habituales: B, Carmen, Desgraciaíto y Newland.

A cien millas de Manhattan

Hoy es (aún) 1 de diciembre, día mundial del SIDA y toda, como todos los días uno de mes, una reseña del Club de lectura, en esta ocasión, el libro de Guillermo Fesser -la mitad de Gomaespuma- A cien millas de Manhattan.

Aunque no escuchaba apenas a Gomaespuma (soy oyente de radio, sí, pero salvo hace unos veinte años un programa de la SER que se llamaba La otra noche, oigo exclusivamente noticias) soy fan, muy fan, tanto que cuando estaba en la facultad fui a verlos hacer un programa en el Campus... y eso que yo jamás de los jamases iba a primera hora a clase (y la primera hora de clase era media hora después de que empezara el programa de Gomaespuma) así que me zambullí en el libro con grandes esperanzas ¡es la mitad de Gomaespuma! ¡tiene que ser descacharrante! pensé, de puro ingenuo.

A cien millas de Manhattan es una colección de curiosidades de los norteamericanos. El autor se fue a vivir allí hace unos años y se dedica a contarnos cosas de las que no hubiéramos tenido noticia salvo de vivir, como él, a cien millas de Manhattan (supongo que en el mismo Manhattan o siendo compatriota de los que viven allí también podríamos reproducir las historias, aún así permítanme la licencia). Me consta que luego esto pasó a ser una sección de radio en ni flores de qué emisora así que, como imaginarán, las curiosas historias que cuenta Fesser son interesantes y, de estar bien contadas, seguramente serían mucho más entretenidas... No me entienda mal, queridos lector, no digo que esté mal escrito, sólo que me ha perdido el apellido, lo asociaba, como decía al comienzo, a lo descacharrante y a pesar de lo curioso que es lo que cuenta el libro, sin ser pesado ni malo, me ha resultado ciertamente monótono. La ventaja es que no hace falta leerlo del tirón, ni mucho menos, porque no hay más hilo conductor que un "mira lo que te voy a contar" organizado a lo loco por meses y poco más. Si le gustan las curiosidades el libro le encantará, aunque podría recomendarle libros de curiosidades infinitamente más amenos, qué quiere que le diga.

Puede leer las reseñas del resto de componentes del Club en los sitios habituales: B, Carmen, Desgraciaíto y Newland.

Un árbol crece en Brooklyn

El 10 de mayo de 1933, los nazis llevaron a cabo uno de sus actos más famosos; no el más atroz -hicieron tantas salvajadas- pero sí uno de los más definitorios: la quema de libros en la Plaza de la Ópera de Berlín; Sigmund Freud, socarrón y uno de los autores cuya obra pasó por el fuego, dijo que era todo un avance que quemaran los libros de los autores que consideraban nocivos puesto que unos siglos atrás hubieran quemado a los propios autores... cuánto horror nos quedaba por descubrir, ya se sabe que donde queman libros, al final queman personas.

Tras esta historia horrible, hay otra que, si bien no compensa tanto horror cometido por los nazis -¿qué podría hacerlo?-, nos devuelve cierta fe en la especie: en los años cuarenta, cuando EEUU entra en guerra, una asociación de libreros norteamericanos decidió que había que diferenciarse de la barbarie nazi en todo y, por ello y con apoyo del gobierno, emprendió una campaña a favor de los libros con algo tan sencillo, y maravilloso, como animar a la gente a regalar libros de bolsillo a los soldados que iban a luchar... y ahí es donde entra en juego Un árbol crece en Brooklyn, que una es perifrástica, pero cuenta las cosas por algo.

La novela de Betty Smith fue el best seller mundial el año de su publicación, 1943, debido sobre todo al hecho de que fue la novela más regalada a los soldados norteamericanos que estaban en el frente para ayudarlos a sobrellevar los horrores de la guerra. A la vuelta a casa muchos se pusieron en contacto con la autora, Smith recibió miles de cartas de agradecimiento de los rudos combatientes porque, decían, gracias a esa novela, no olvidaron por qué estaban luchando, qué es lo que estaban defendiendo.

El éxito de Un árbol crece en Brooklyn se debió sobretodo a que, para esos soldados, su lectura fue como estar en casa. La novela arra las vivencias de una familia en el Brooklyn de antes de la guerra, no cuenta exactamente la historia de la infancia de los soldados, pero sí podría coincidir con las vivencias de sus padres, con todo lo que ellos les habrían contado... eso explicaría, sin duda, por qué está todo tan edulcorado, por qué son todos tan felices a pesar del hambre y la miseria que padecen, por qué entre el hambre y la dignidad eligen siempre la dignidad, por qué entre el robo y la honradez del trabajo duro -casi esclavo- prefieren el trabajo duro... En definitiva, Un árbol crece en Brooklyn cuenta la historia de una América que nunca fue tan bonita en la realidad pero que sí lo era en la mente de varias generaciones y, por tanto, merecía la pena conservar. Es una novela llena de valores positivos: trabajo duro, esfuerzo, lectura (la protagonista lee varios libros a la semana, no sabemos de dónde saca el tiempo con la vida que lleva), generosidad, educación (la protagonista camina mucho cada día para poder ir a un buen colegio y aprovechar así su inteligencia) y valores familiares (el padre de familia es un desastre alcohólico, pero es muy simpático y hace a sus hijos felices, ya se encarga la madre de, además, alimentarlos ya que la música no se come)

Lo que ya no me atrevo a decir es si es una novela con grandes valores literarios; es un tanto extensa y a veces resulta forzado, no cuenta exactamente una historia en el sentido clásico, se le ven las costuras (hay un personaje que tiene TRES matrimonios -y cero divorcios- y ONCE hijos que mueren en el parto y aún así lo sigue intentando porque lo importante es participar... y todo eso antes de los cuarenta que, por supuesto, cumple siendo la mujer más deseada de Brooklyn), y a ratos se hace un tanto pesada... pero igual se deja leer y, si el lector consigue meterse en la historia -suspenda la incredulidad, por favor ¿qué más da?¿tanto importa que alguien haga un relato de ficción feliz?- las páginas van pasando y nos sentimos casi como los soldados de la segunda guerra mundial, como si tuviéramos un lugar feliz que defender, un lugar feliz al que volver... Vale que nunca estuvimos allí, pero esos soldados que luchaban contra los nazis tampoco y la lectura de Un árbol crece en Brooklyn mantuvo a muchos de ellos con vida, ya sólo por eso la humanidad le debe algo a este libro.

Si quieren leer el resto de reseñas del Club de lectores 2.0, pueden hacerlo en los sitios habituales: Carmen, Newland y Desgraciaíto. Nos vemos el mes que viene con A cien millas de Manhattan.

Revival

Año nuevo, nuevo libro de Stephen King (o tito Stephen, como le llama Bichejo, toda confianzuda) y, como no podía ser de otra manera (cómo odio esa expresión ¡¡cómo algo no va a poder ser de otra manera??) no nos ha quedado otra que lanzarnos a leerlo... no, no uso un plural mayestático; es sólo que algunos miembros de algún club de lectores 2.0 consideraron que podía ser algo divertido leer algún libro de algún autor y reseñarlo algún día que fuera el mismo día; así que, ea, para que no se me olvide, aquí pueden encontrar la reseña de Revival de Stephen King que ha hecho Bichejo, y aquí la que ha hecho Newland, a modo de Petit mini club de lectores.

Hace muchos, muchos años, a muchos kilómetros de donde me hallo, perdí la cuenta de la cantidad de libros de Stephen King que había leído; quien esto escribe es una fanática del terror en todos sus lenguajes (salvo, lógicamente, el terror que produce ver el telediario) y si lo es ahora con cuarenta palos, pueden ustedes imaginarse la de terror de mayor o menor calidad que consumía en la adolescencia... Me reencontré con el señor King hace un par de años like a virgin, touch for the very first time porque, aunque parezca increíble, en los años en los que lo devoraba me había saltado los grandes clásicos: El resplandor,  It y Carrie. Con el primero llegó el reencuentro y jamás nada me había dado tanto miedo (Véase paréntesis anterior), con Carrie confieso que me aburrí un poquitín durante un viaje de autobús y estoy reservando It para un día de estos porque, no se lo van a creer, la historia en sí no me llama nada a pesar de lo que reverencio a su autor. Por el camino de estos últimos años, además de los grandes clásicos de terror del señor King, me enamoré perdidamente de su prosa con 22/11/63 y me parece intolerable que su nombre no suene para el Nobel con cierta firmeza  (¡¡por el amor de Dios, si suena hasta Murakami!!) porque dudo que haya en estos momentos un autor con tantos libros generacionales de la calidad de los suyos, que no es sólo que las historias sean únicas e interesantes, es que además, cada año que pasa, Stephen King escribe mejor.

Revival no es una excepción a lo dicho hasta aquí, es una delicia de principio a fin en su prosa, es una delicia de principio a casi fin en su historia, y todo ello a pesar de que al que diseñó la portada habría que ejecutarlo (perdonen el exabrupto, leo en digital y no había visto ese horror que poco tiene que ver con el libro que yo he leído); una historia que parece de todos los días de la América profunda que nos va conduciendo, a lo largo de cincuenta años, a un sólo momento en el tiempo, a un solo evento al que vamos, sabiendo a dónde vamos -sin saber en qué consiste- como corderitos al matadero y, aunque el final, la solución del misterio en definitiva, es un poco psé, la sensación global es que la lectura ha sido un tiempo maravillosamente empleado, es más, me atrevería a decir que la solución es psé porque he visto soluciones de Stephen King infinitamente más flojas en otras de sus novelas que aún hoy, veinticinco años después, pueblan mis pesadillas, y aquí no lo ha conseguido del todo.

Revival cuenta es una historia de dos personajes: Jaime, el niño al que vamos siguiendo toda la novela hasta que se convierte en un señor con canas, y Charles Jacobs, el nuevo pastor del pueblo. Charles es un pastor especial, muy implicado en la vida del pueblo y muy mañoso con la electricidad, Jaime es el niño que más confiará en él hasta que, un buen día, la mujer y el hijo del pastor mueren en un accidente atroz, pierde la fe en Dios y pronuncia un sermón blasfemo que provoca que lo despidan (no es que no tengan compasión por él, todos le adoran, es que no tiene mucho sentido tener un cura ateo y blasfemo dando las misas); a partir de aquí, y a lo largo de los años, Jaime -músico que se mete en jaleos tan serios como psicotrópicos a lo largo de su vida- se irá encontrando con Jacobs con distintos nombres y profesiones cada vez más disparatadas a lo largo de su vida hasta que un día... y hasta ahí puedo leer.

Los dos personajes, como es habitual en las novelas de Stephen King, son sólidos y verosímiles aunque nos cuente cosas francamente lejanas a una experiencia vital normal; la historia está tan bien construida que sólida y verosímil, dentro del bichorismo habitual de las novelas del autor; dan ganas de cogerse un avión y ver  si de veras allí pasan esas cosas. Fíjense si merecerá la pena, si estará bien escrita, que, aunque todo el relato está en función de un final un tanto psé, no he parado de recomendarla, no es su mejor novela, pero es infinitamente mejor que Joyland y ya ni les cuento en comparación con cualquier Murakami.

La noche en que Frankenstein leyó el Quijote

Día uno de octubre, vamos con nuestra programación habitual correspondiente a la reseña del Club de lectores 2.0 que, como ya supondrán, que son ustedes unos lectores inteligentes, corresponde al libro de Santiago Posteguillo, La noche en que Frankenstein leyó el Quijote: la vida secreta de los libros.

Posteguillo es un autor que se ha hecho famosísimo por sus libros de romanos así que imagino que el libro lo eligió Newland, nuestro adorado romanólogo, y, como además es un sol, no ha decidido compartir con nosotros una de romanos sino un batiburrillo de curiosidades sobre libros y autores, de esas que no te cambian la vida, pero te pueden despertar una sonrisa cuando menos e incluso te pueden hacer ganar una partida de trivial (la de tiempo que hace que no juego, por cierto ¿sigue existiendo?)

Si hay algo que podemos comprobar sin temor a equivocarnos, es que Posteguillo sabe un montón de literatura, no sólo de la que imparte, sino de literatura comparada en general, de todos los entresijos que hay detrás de grandes obras: no tenía ni idea, por ejemplo, que alguien hubiera rechazado Orgullo y prejuicio, creía que Austen había triunfado con su primera novela... sin saber que esa era precisamente su primera novela... y, como no se trata de descubrirnos América sino de construir, a base de pequeñas historias, una lista de curiosidades sobre libros, también podemos encontrar algunas cosas que sí pueden sonarnos, como la afición a Dovstoievski al juego y lo que tenemos gracias a su ludopatía.

En general estoy totalmente a favor de estos compendios de curiosidades, porque detrás de cada libro puede haber una historia fascinante que puede, o no, enriquecer nuestra experiencia a la hora de leer un libro... y eso que hay un capítulo en concreto que me hizo gritar, hasta que lo resuelve diciendo que es sólo una teoría de las muchas que hay con respecto del anónimo autor del Lazarillo (entiéndanme, he leído tantas tonterías al respecto desde la carrera, que reacciono malamente a ellas porque ¿es de verdad TAN importante quién lo escribió? ¿es razonable que alguien para sostener una teoría de autoría absurda llame -no Posteguillo, conste- mediocre al maravilloso Juan de Valdés?)

En definitiva La noche en que Frankenstein leyó el Quijote es un libro tan ameno como interesante, escrito en capítulos cortos sin solución de continuidad que permiten tanto releerlo mil veces buscando esa curiosidad que me suena pero no recuerdo como leerlo a trozos y tardar veinte años en acabarlo.

Tienen el resto de reseñas en los lugares habituales: Carmen, Desgraciaíto y Newland.