La gran migración

Me reúno una vez más (aunque de nuevo con cierto retraso) a mis compañeros de Club de lectores 2.0 para comentar el libro bimensual, en esta ocasión un interesantísimo ensayo sobre los movimientos migratorios cuyo título es el de esta entrada de autor alemán Ezensberger.

La única pega que se me ocurre, así de pronto, es que es un libro difícil de encontrar pero, si el lector salva ese ¿pequeño? escollo, todo lo demás son ventajas.

El libro son 33 brevísimas acotaciones (el propio autor las llama así, acotaciones) en torno a las migraciones (la humanidad lleva migrando desde que antes de llamarse humanidad), qué significa migrar, por qué motivos, qué supone esa migración, desde cuándo se da (desde siempre), etc.
Más que de conclusiones, La gran migración es un libro de preguntas que el lector debe hacerse, y es que, en torno a este tema, lo que vivimos hoy ya lo hemos vivido con anterioridad y lo viviremos en el futuro, por lo que la única conclusión del libro es que la migración es una constante, problemática, sí, pero constante, que de alguna manera todos somos migrantes (puede que no en el presente, pero lo fuimos y/o lo seremos) y por lo tanto ni la xenofobia ni el nacionalismo (también constantes) tienen sentido.
Cualquier migración desencadena conflictos, independientemente de la causa que la haya originado, de la intención que la mueva, de su carácter voluntario o involuntario, o de las dimensiones que pueda adoptar. Tanto el egoísmo de grupo como la xenofobia son constantes antropológicas previas a cualquier justificación, cuya difusión universal permite pensar que fueron anteriores a cualquier forma social conocida. Para frenar dichas constantes, pare evitar continuos baños de sangre, para posibilitar un grado mínimo de intercambio y circulación entre clanes, tribus y etnias, las sociedades antiguas inventaron los tabúes y los ritos de hospitalidad. Tales mecanismos no suprimen, sin embargo, el status de forastero; al contrario, lo consolidad. El forastero goza de hospitalidad, pero no puede quedarse.
Un poco mas adelante (la cita es toda la acotación número cinco) el autor explica, de la manera más sencilla imaginable, por qué nos sentimos dueños de la tierra que habitamos, y lo hace con la metáfora del tren: cuando llegamos a un compartimento vacío nos sentimos afortunados, repartimos nuestras pertenencias por todo el espacio; un rato después llega alguien, ya no es tan cómodo como cuando íbamos solos pero es soportable, aunque tenemos que replegar velas podremos mantener una conversación; poco después aparece un tercero y la cosa se complica un poco más, hemos entrado en complicidad con el segundo (sin necesidad de hablar con él en ningún momento, piense que no ha habido tiempo) para detestar al tercero porque ha entrado en el compartimento ¡nuestro compartimento! y pretende que le dejemos sitio; y qué decir del cuarto compañero de compartimento cuando aparece, los dos primeros ya estaban molestos con el tercero, que está, a su vez, francamente incómodo con el cuarto pero no siente la complicidad con los otros dos que tienen entre sí... todos nos hemos visto en esa situación que es tan fácilmente traducible a la tierra que pisamos: estamos en ella por casualidad, vivimos en una prosperidad que, aunque puede que contribuyamos con todas nuestras fuerzas, no hemos creado (ojalá fuera tan fácil crear bienestar como destruirlo) y nos sentimos ¿invadidos? cuando otros vienen aunque, en al mismo tiempo, nos sentimos legitimados para cambiar de compartimento si se nos hace incómodo el que aparece en nuestro billete.

La gran migración continúa, el ser humano es así, no siempre es una huida; piense, querido lector, que las fiestas de los pueblos se inventaron para evitar la endogamia.

Pueden leer el resto de reseñas en los sitios habituales: MG, CarmenDesgraciaíto y Newland en la página del Club.

Felicidades Anijol

Hoy es un día estupendo; por fin ha salido el sol y parece que esta vez lo ha hecho para quedarse, los pajaritos cantan, las nubes se levantan y se largan con viento fresco y, sobre todo, es el cumpleaños de ANIJOL ¡¡bieeeeeen!!

Si alguien no sabe quién en Anijol, déjenme que les dé sólo una pequeña pista para que se hagan una idea de lo estupenda que es: llevo un tiempito persiguiéndola para que me eduque al niño porque los suyos son tan estupendos que creo que me va a ser imposible hacerlo igual de bien, ni siquiera sé si seré capaz de acercarme; así que, si estaba dispuesta a confiarle (por fiiiii) la crianza de mi propio hijo con los ojos cerrados (porque se niega la jodía, que si no, allí que estaba), no hay nada que crea que pueda hacer mal, nada en lo que no sea generosa, inteligente, valiente, sagaz, divertida y un etc de adjetivos elogiosos tan largo, que necesitaría una década para terminarla.

 ¡Felicidades, Guapetona!

El príncipe

Una vez más, aunque unos días tarde (Se me cae la cara de vergüenza) me reúno con mis compañeros lectores del Club de lectura 2.0 para reseñar el libro del ¿bimes? (esto de leer cada dos meses provoca jaleos como hacerse un lío con las fechas como ha sido mi caso, o que si seguimos leyendo pegados a la fecha simplemente no llegamos). 

En fin, sin más dilaciones que no interesan a los lectores, el libro de este mes es El príncipe de Maquiavelo, un texto que debiera ser de lectura obligatoria en todos los institutos del mundo, aunque sólo fuera por la cantidad de la gente que lo cita sin tener ni la más pajolera idea de lo que va, que es como la manzana de la Biblia, que todo el mundo la cita y no existe.

La historia del libro es conocida, Nicolás de Maquiavelo, inspirándose en las andanzas de Fernando el Católico, le regala este texto a Lorenzo de Medici para ayudarle en su labor de gobernante y tras su muerte, el libro es publicado. A partir de aquí no sé si es que no se entiende bien -aunque a mi parecer Maquiavelo se explica perfectamente- o que la celebérrima el fin justifica los medios que no está con esas palabras en el texto han hecho que hayamos convertido el nombre de Maquiavelo en algo para justificar la maldad más abyecta si se persigue un fin claro... y no, no es eso, no es eso exactamente... y decimos eso sin necesidad de cebarse en el hecho de que es un texto del siglo XVI, que tenemos la manía de leerlo todo en clave presente, y aunque todo es aplicable al presente con ligeras actualizaciones, es innegable que El príncipe es, como el código de Hammurabi, en su momento un canto a la cordura y a la justicia; lo siento, jóvenes, pero que el príncipe sepa serlo a base de tener contento al pueblo, en el siglo XVI, es una suerte lo miren por donde lo miren.

Maquiavelo escribe un tratado explicándole a Lorenzo de Medici qué tiene que hacer si quiere seguir siendo gobernante, y la conclusión no es que el fin justifica los medios sino que tiene que utilizar la astucia para llegar al poder y, una vez en él, mantenerse. Tras contarnos los distintos tipos de lugares gobernables nos dirá Maquiavelo que para mantenerse en el poder no basta el miedo, no basta tener a los nobles contigo, no basta tener al pueblo contigo, no basta con ser justo... sino que el arte de la gobernanza consiste en una mezcla adecuada de todo lo anterior... y lo divertido es que todo lo que dice es aplicable a día de hoy, y de ahí su fama... ahora bien, huya de aquel aspirante al poder que lo cite porque, si lo conoce, malo, y si no lo conoce y se limita a el fin justifica los medios, peor.

Del texto me han llamado la atención un montón de cosas, pero hay un fragmento en especial a propósito del principado civil:

En todas las ciudades [con intención de aplicarlo a la actualidad entiéndase naciones] existen estas dos facciones distintas y se debe al hecho de que el pueblo no quiere ser sometido ni oprimido por los poderosos y los poderosos quieren someter y oprimir al pueblo; de estas tendencias nace en la ciudades uno de lo estos tres efectos: principado, libertad o desorden.

El mundo de hoy está muy lejos de ser un paraíso de libertad, pero son muchos los que ahora nos venden que vivimos en un principado, casi tantos como los que no hace tanto decían que eran ellos o el desorden... Las libertades que hoy disfrutamos nos han costado siglos de luchas y, como se vio durante el siglo XX, el progreso tecnológico y científico, la riqueza, la cultura, el bienestar, y la aparente felicidad, no garantizan nada, basta una crisis prolongada para mandar todas las libertades al traste. 

Soy consciente de que no es una reseña al uso, porque es francamente difícil hacerles partícipes de la lectura de un texto tan complejamente sencillo como este, salvo que se acerquen al texto, que es breve, brevísimo pero de los que pasan a la historia. Y, por cierto, si se animan, leánlo con las anotaciones de Napoleón, el megalomaniaco más enloquecido de la historia, que no le hizo caso al sabio Maquiavelo y ya saben cómo acabó la historia.

Pueden leer el resto de reseñas en los sitios habituales: ya están MG, Desgraciaíto, y en algún momento aparecerán las de Carmen y Juanjo.

Los viajes de Gulliver

Año nuevo, vida nueva, se suele decir; en esta ocasión, esa vida nueva es que, cansados de tanto desatino lector, hemos decidido en este, nuestro Club de lectura 2.0, darnos un respiro y en vez de leer un libro al mes, lo haremos cada dos meses (más o menos, que este bimestre se nos ha ido un poco la fecha), a ver si así conseguimos sostener esta tortura peregrina maravillosa idea de leer juntos libros que nos horrorizan fascinan.

Empezamos con un clasicazo maravilloso e hiperconocido por todo el mundo: Los viajes de Gulliver de Swift, una crítica feroz* a la sociedad inglesa de la época contada por un viajero llamado Gulliver que, ni corto ni perezoso, planta a su mujer e hijos cada dos por tres para embarcarse y perderse (literalmente, lo hace sin querer, aunque sea como el chiste del oso) por el mundo... yo no viajaría con él, porque barco que coge, barco que se va al carajo y, con la suerte que tiene este señor, no podía ir a sitios normales nooooo, tiene que encontrarse con enanitos, gigantes, caballos y gente rara por todas partes, tan rara pero, al mismo tiempo, tan curiosa (salvo los más conocidos, los liliputienses, todos son infinitamente mejores que lo que Gulliver encontrará en Inglaterra, incluidos los académicos) que cuando vuelve (años duran sus viajes) no puede convivir con los yahoos.

La novela es una sucesión de feroces críticas a todo lo criticable del entorno del autor; empieza por al ansia de poder de los gobernantes que meten a sus pueblos en guerras por cualquier peregrina diferencia que encuentran con sus vecinos al tiempo que son traicioneros y mentirosos, seguidos por una crítica directa a la Inglaterra que Gulliver simula explicar con devoción a un gigante que no da crédito ante la sarta de disparates que le están contando, para después irse a islas flotantes llenas de gente extrañísima en un totum revolutum y, finalmente, como los humanos de todos los tamaños y pelajes no le sirven para suficiente crítica, Gulliver se juntará con unos caballos que resultan ser infinitamente más civilizados que el más civilizado de los humanos.

Pareciera que he contado el libro hasta el final en unas pocas líneas, y no lo desmentiré, pero tengan en cuenta que no he entrado a fondo en el contenido, así que pueden ustedes sumergirse en una historia mil veces versionada en el cine (la última versión, que yo sepa, es infame de puro estúpida, diría que Jack Black, o quien demonios haya perpetrado eso no ha entendido un carajo) pero donde no hay una sola versión (que yo conozca) que cuente de verdad lo que de verdad importa desvelar al autor. No es tan divertido, ni tan valiente, como La isla de los pingüinos pero si ha pasado a la posteridad con tanta fuerza es porque puede leerse en su versión superficial en plan "oh, mira un enano, oh, mira, un gigante, oh, mira Laputa jijiji" y en su versión profunda, donde no deja títere con cabeza.

Pueden leer el resto de reseñas en los lugares habituales: MG, Desgraciaíto, Newland y Carmen.


*se van a hinchar a leer crítica feroz en las reseñas, mis compañeros lectores son muy mimimimi, y a pesar de eso por eso les quiero tanto.

Novelas policiacas de Pierre Lemaitre: la serie Verhoeven

Hace unos meses, por cosas del Club de lectura 2.0, leí Vestido de novia, del autor francés Pierre Lemaitre; me gustó tanto, tantísimo, que saqué de mi lista de pendientes Nos vemos allá arriba, novela que lo catapultó al paraíso de los escritores con premios de prestigio y que, además, me llevó a tomar la decisión de leer todo lo que traduzcan de este autor, pero todo, todito, todo... y ahora andamos esperando a que traduzcan más, que lo que hay me ha sabido a poco, delicioso, pero a poco.

Lemaitre tiene, además de las novelas ya citadas (profundamente inquietante una, muerte por ternura la otra) una serie de novelas policiacas de las que, de momento, se han traducido tres y que, como se ve que ya no sé leer sola, me dispongo a reseñar al tiempo que lo hace MG, pásense por su casa con frecuencia, que  como es una lectora voraz seguro que sacan de allí un montón de cosas interesantes que hacer con su tiempo.

El hilo conductor de las tres novelas es la presencia del detective protagonista, Verhoeven (qué apellido tan raro para un francés ¿no?), un hombre de muy corta estatura, con una historia personal que contar, que dibuja muy bien y que tiene una intuición muy particular que le lleva a desvelar casos que son profundamente complicados:

En la primera novela de la serie, Irene, nos encontramos con un Verhoeven que es ciertamente feliz, casado con una mujer que no es para él (en la medida en la que es normal y razonablemente feliz frente al diminuto y caustico detective) que, para mayor alegría, está a punto de dar a luz al que será su primer hijo... Ni que decir tiene que Verhoeven no contaba ni con Irene ni con su hijo en su línea vital, daba por hecho que moriría solo y amargado. Como es la primera de la serie, el autor se recrea más en detalles de la vida de Verhoeven en los que no insistirá en las demás novelas por lo que, aunque se pueden leer de forma independiente, es recomendable empezar por esta, aunque sólo sea porque las demás nos revientan su final. En esta ocasión, el detective -que conseguirá fama tras este caso- ha de enfrentarse a un asesino que mata mujeres de una forma particularmente cruel, ya que las tortura y mutila con el único objetivo de dejar una imagen espeluznante de los cuerpos y, como en las demás, le seguimos en su investigación, vamos viendo poco a poco sus avances y, a diferencia de lo que es ley en el género (Véase Poirot como ejemplo), comprendemos sus procesos mentales así como su forma de trabajar. No entraré en detalles para no destripar la trama porque, si hay algo que caracterice a este autor, es que en sus novelas cuando parece que todo empieza a aclararse se produce un giro que vuelve todo del revés y hay que empezar de nuevo a construir.

La segunda novela de la serie, Alex, empieza con el secuestro de la mujer que le da título. Lo curioso del secuestro es que Alex vive sola y parece estar muy sola en la vida, por lo que prácticamente nadie hubiera notado su ausencia (en el trabajo sí, obvio, pero acababa de dejarlo, qué casualidad) de no ser porque un hombre ve de milagro cómo se la llevan... y paro aquí porque, nuevamente, no conviene destripar más cosas sobre la trama. He de decir que si bien me gustó más Irene, el ritmo de Alex, así como sus giros en la historia, es infinitamente más intenso, hasta el punto de que si el lector comete el error de llevarlo como lectura de antes de dormir es posible que le den las tantas de la mañana. Irene es una novela muy bien construida, Alex es un sinvivir en la que nada es lo que parece. Lo curioso del asunto, es que, una vez más, aunque me gustó más Irene, reconozco con cierta sorpresa que, con la perspectiva del tiempo, Alex ha dejado un poso mucho mayor así que la pregunta que me viene a la cabeza es ¿qué novela es mejor: aquella que se disfruta leyendo en el momento pero se va borrando o aquella que se disfruta menos en el momento pero también una vez leída? pregunta ciertamente absurda dado que me han gustado mucho ambas, ea.

La tercera ¿novela?, Rosy & John en realidad no es tal, es un relato por encargo para plataformas móviles, es decir, que aunque la trama es interesante, el ritmo trepidante etc. etc. sabe a poco simplemente porque es muy breve (hecho objetivo) y los editores en España han decidido que se puede vender como novela lo que es una novela corta (y aquí entra la subjetividad, si el lector se espera una novela de la duración habitual, cuando lee fin siente cierta decepción); sépase que no tengo problemas con el precio, considero que los derechos de autor son una de las especies más maltratadas (y muy malamente explicadas por las asociaciones de los derechos que no corresponden a los libros) en este país, pero si es una novela corta se dice y ya está, no pasa nada (de hecho su duración es claramente justificable al estar pensada para leer en un teléfono móvil), no me anuncien a bombo y platillo "la nueva novela del detective Verhoeven" cuando se trata de algo que apenas llega a las 100 páginas. Dicho esto, también es muy recomendable: en esta ocasión Verhoeven se enfrenta a un señor que ha puesto una bomba en París y se entrega a la policía diciendo que hay más, que estallará una diaria hasta que dejen salir a su madre de prisión... y una vez más, hasta ahí puedo leer. A medida que avanzaba en su brevísima lectura, como ya conocía un poco más al autor, era capaz de intuir en qué momento había trampas o, mejor dicho, el lector es ya capaz de anticipar que lo que parece en principio no es lo que de verdad sucede pero, ahora bien, jamás, jamás, jamás, es posible adivinar qué realidad se esconde tras el juego de sombras que propone Lemaitre.

Entre la serie Verhoeven y el resto, cinco son las novelas traducidas de Pierre Lemaitre al castellano y, si no fuera porque me llevaría más tiempo aprender francés de lo que van a tardar en traducir las otras tres que tiene publicadas, quien esto escribe ya se había matriculado en algún curso de la Alliance française... o lo que es lo mismo, lean a Lemaitre, les guste o no el género policiaco, porque ofrece mucho más que la historia de un detective, y si le han dado el premio Goncourt por Nos vemos allá arriba -que además no es policiaca- es por una estupenda razón.

Proyecto Christie. Diez negritos

Soy consciente de que no voy a descubrirle a nadie la pólvora al elogiar esta novela de Agatha Christie, pero es que, se publique cuando se publique este post (se ha cruzado por el medio este otro proyecto), es la primera novela policiaca que leo desde que era adolescente y la primera que leo de esta autora, que siempre he mirado con cierta fascinación por su vida pero no tanto por su obra... tenía prejuicios con la policiaca, qué le vamos a hacer.

La señora Christie, siempre pensativa
Así que, como hace dos dias -desde la escritura del post, que esto, insisto, se publicará después- y por motivos de salud tenía que estar inmovilizada un par de horas, le pedí a Zor una novela que no tuviera más de 200 páginas para darle un buen achuchón en esas dos horas y terminarla cuando fuera y, tras descartar un montón de títulos de ciencia ficción, se me ocurrió que podía ser un buen momento para algo tan intrascendente como Agatha Christie; primero pensé en Asesinato en el Orient Express, historia que conozco en detalle del gritón de versiones que se han hecho en cine, pero no andaba por casa, así que opté por la que sí y qué decir de ella: una delicia cuya historia tiene también un gritón y medio de versiones pero, curiosamente, aunque las hay a montones ninguna que de las que yo conozco se ambienta en la isla del negro sino que, al tratarse de misterio y crímenes, son muchos los autores de terror que la han llevado al cine a su manera.

La historia se nos hace sencilla porque, como decía, ya nos la han contado en distintas versiones un gritón de veces, pero hay que valorar el hecho de que quien primero la contó fue la señora Christie y, por si eso no fuera suficiente, además no ha perdido ni un ápice de emoción... porque no es realmente sencilla, es complicada a más no poder, llena de giros fascinantes.

Un grupo de desconocidos son invitados a pasar una noche en una mansión de la misteriosa isla del Negro; se trata de un grupo de ocho invitados (cada uno invitado por un motivo y persona diferente) y un matrimonio de criados que se encargará de atenderles. Una vez llegan a la isla, y son aislados, vemos cómo ninguno de ellos tiene muy claro el motivo real de la invitación ni quién demonios les ha invitado... El anfitrión de todos ellos, un tal Owen al que ninguno conoce, no aparece ¡sorpresa!, y de hecho los criados tampoco lo han visto nunca (han sido contratados por una agencia) Aún así, a pesar de la extrañeza qué demonios, son british, así que deciden disfrutan de la estancia. Tras la primera cena, a la hora de servir el café, suena un disco horrible que acusa a cada uno de los presentes de un terrible asesinato. Cunde el pánico y todos niegan su culpa ofendidos, salvo dos: uno, un inconsciente que atropelló a dos niños y sólo lamenta haber perdido un año el carné de conducir, y otro que dejó morir de hambre a veinte indígenas y no lamenta nada, después de todo hablamos del Imperio Británico y eran sólo indígenas (algo estaba cambiando en Reino Unido en 1939 -curioso año ¿verdad?- cuando se puede poner a un personaje al que no se odia de entrada sin inmutarse ante ese hecho al tiempo que se pone ese hecho como un crimen perseguible y castigable).

En la casa hay dos detalles de importancia, diez pequeñas esculturas que representan a diez negritos (no me vengan con lo políticamente correcto, sé lo feo que suena negrito hoy en día, pero entiéndanme, la novela se llama así y me parece que es el nombre adecuado para las esculturas) y un poema infantil que reza como sigue:
Diez negritos se fueron a cenar;
uno se asfixió y quedaron nueve.
Nueve negritos estuvieron despiertos hasta muy tarde;
uno se quedó dormido y entonces quedaron ocho.
Ocho negritos viajaron por Devon;
uno dijo que se quedaría allí y quedaron siete.
Siete negritos cortaron leña;
uno se cortó en dos y quedaron seis.
Seis negritos jugaron con una colmena;
una abeja picó a uno de ellos y quedaron cinco.
Cinco negritos estudiaron Derecho;
uno se hizo magistrado y quedaron cuatro.
Cuatro negritos fueron al mar;
un arenque rojo se tragó a uno y quedaron tres.
Tres negritos pasearon por el zoo;
un gran oso atacó a uno y quedaron dos.
Dos negritos se sentaron al sol;
uno de ellos se tostó y sólo quedó uno.
Un negrito quedó solo;
se ahorcó y no quedó... ¡ninguno!
Después de la cena, después de escuchar esas acusaciones, el inconsciente conductor toma un trago de su copa y cae muerto; al parecer ha tomado algún veneno (uno de ellos es médico) y ha muerto asfixiado... como es un inconsciente todos dan por hecho que se ha suicidado... en realidad es que tienen algo de miedo por lo desagradable de la situación pero, dado que ninguno de ellos se siente un asesino, no tienen motivos para relacionar el disco y el poema con su propia situación. A partir de ahí, lo esperable: van cayendo como moscas y el lector tratará de saber quién es el asesino acompañando a cada personaje en su busca. 

Lo maravilloso de la novela, y es con eso con lo que yo no contaba, es que la autora va cediendo y quitando voz a cada personaje y gracias a este artificio narrativo descubriremos quién es de veras un asesino gracias a su propia confesión, sentiremos lo que ello sienten, pensaremos lo que ellos piensan  de sí mismos y de los demás a medida que van desapareciendo... ¡y eso sin saber quién es el asesino!

Así que, querido lector, pierda sus prejuicio y déjese engañar por la señora Christie, si a pesar de ser literatura policiaca -hemos perdido la inocencia tiempo ha- y de una mujer -no necesito decir más ¿verdad?- las novelas de Agatha Christie se siguen leyendo locamente es porque trascienden un género que, como decía, no me fascina, por el estilo narrativo, por el tempo y la universalidad de lo que trata.

Por qué fracasan los países

Ha llegado el momento de cerrar el año del Club de lectores y, como estamos en crisis, nos lanzamos a hacerlo (conste que la decisión del orden de los libros se tomó hace meses) con un libro que trata de explicar las diferencias que hacen que unos países sean ricos y les vaya fenomenal, es decir, triunfen, y otros sean pobres y sin apenas derechos civiles, es decir, fracasen.

Tras haber leído el libro no paraba de preguntarme si los autores, Robinson y Acemoglu, son el americano del que habla Enrique Pinti en Salsa Criolla (el espectáculo entero es maravilloso, pero, si no les interesa a los lectores, el fragmento al que me refiero es el comienzo), incapaz de comprender por qué Japón triunfa a pesar de todo y Argentina fracasa a pesar de todo.



Empecemos diciendo que el libro es sumamente interesante, se dedica principalmente a derribar los argumentos que se han venido utilizando hasta ahora para explicar el éxito o el fracaso de los países y, a base de poner ejemplos, explica -o lo intenta- por qué la geografía, la historia y la ignorancia no explican nada, Argentina y Japón serían buenos ejemplos de ello... el problema son los ejemplos que pone, excesivamente abundantes en su desarrollo que acaban aburriendo al lector, en la medida en la que tengo la sensación lecturil de que podrían haber explicado lo mismo en 150 páginas, pero noooo, Robinson y Acemoglu son de los míos, perifrásticos hasta el final. 

Otro problema que me he encontrado con el libro es que quería leerlo a base de encontrármelo referenciado y eso ha hecho que no me descubra nada nuevo -salvo los 8000 ejemplos; llevo leyendo sobre élites extractivas e incentivos desde el comienzo de la crisis y encima todas esas referencias que mencionaba las había leído en blogs, es decir, en lugares que vienen a decir más o menos lo mismo que los autores en unas pocas líneas frente a las 600 páginas del libro.

En definitiva el libro está bien y es interesante, pero excesivamente largo; da para debate, para muuuucho y largo debate y, en caso de no conocer nada de blogs económicos es posible descubrir los conceptos de los que habla (que son novedosos, conste)

Pueden leer otras reseñas en los sitios habituales: B, Carmen, Desgraciaíto y Newland.

A cien millas de Manhattan

Hoy es (aún) 1 de diciembre, día mundial del SIDA y toda, como todos los días uno de mes, una reseña del Club de lectura, en esta ocasión, el libro de Guillermo Fesser -la mitad de Gomaespuma- A cien millas de Manhattan.

Aunque no escuchaba apenas a Gomaespuma (soy oyente de radio, sí, pero salvo hace unos veinte años un programa de la SER que se llamaba La otra noche, oigo exclusivamente noticias) soy fan, muy fan, tanto que cuando estaba en la facultad fui a verlos hacer un programa en el Campus... y eso que yo jamás de los jamases iba a primera hora a clase (y la primera hora de clase era media hora después de que empezara el programa de Gomaespuma) así que me zambullí en el libro con grandes esperanzas ¡es la mitad de Gomaespuma! ¡tiene que ser descacharrante! pensé, de puro ingenuo.

A cien millas de Manhattan es una colección de curiosidades de los norteamericanos. El autor se fue a vivir allí hace unos años y se dedica a contarnos cosas de las que no hubiéramos tenido noticia salvo de vivir, como él, a cien millas de Manhattan (supongo que en el mismo Manhattan o siendo compatriota de los que viven allí también podríamos reproducir las historias, aún así permítanme la licencia). Me consta que luego esto pasó a ser una sección de radio en ni flores de qué emisora así que, como imaginarán, las curiosas historias que cuenta Fesser son interesantes y, de estar bien contadas, seguramente serían mucho más entretenidas... No me entienda mal, queridos lector, no digo que esté mal escrito, sólo que me ha perdido el apellido, lo asociaba, como decía al comienzo, a lo descacharrante y a pesar de lo curioso que es lo que cuenta el libro, sin ser pesado ni malo, me ha resultado ciertamente monótono. La ventaja es que no hace falta leerlo del tirón, ni mucho menos, porque no hay más hilo conductor que un "mira lo que te voy a contar" organizado a lo loco por meses y poco más. Si le gustan las curiosidades el libro le encantará, aunque podría recomendarle libros de curiosidades infinitamente más amenos, qué quiere que le diga.

Puede leer las reseñas del resto de componentes del Club en los sitios habituales: B, Carmen, Desgraciaíto y Newland.

Un árbol crece en Brooklyn

El 10 de mayo de 1933, los nazis llevaron a cabo uno de sus actos más famosos; no el más atroz -hicieron tantas salvajadas- pero sí uno de los más definitorios: la quema de libros en la Plaza de la Ópera de Berlín; Sigmund Freud, socarrón y uno de los autores cuya obra pasó por el fuego, dijo que era todo un avance que quemaran los libros de los autores que consideraban nocivos puesto que unos siglos atrás hubieran quemado a los propios autores... cuánto horror nos quedaba por descubrir, ya se sabe que donde queman libros, al final queman personas.

Tras esta historia horrible, hay otra que, si bien no compensa tanto horror cometido por los nazis -¿qué podría hacerlo?-, nos devuelve cierta fe en la especie: en los años cuarenta, cuando EEUU entra en guerra, una asociación de libreros norteamericanos decidió que había que diferenciarse de la barbarie nazi en todo y, por ello y con apoyo del gobierno, emprendió una campaña a favor de los libros con algo tan sencillo, y maravilloso, como animar a la gente a regalar libros de bolsillo a los soldados que iban a luchar... y ahí es donde entra en juego Un árbol crece en Brooklyn, que una es perifrástica, pero cuenta las cosas por algo.

La novela de Betty Smith fue el best seller mundial el año de su publicación, 1943, debido sobre todo al hecho de que fue la novela más regalada a los soldados norteamericanos que estaban en el frente para ayudarlos a sobrellevar los horrores de la guerra. A la vuelta a casa muchos se pusieron en contacto con la autora, Smith recibió miles de cartas de agradecimiento de los rudos combatientes porque, decían, gracias a esa novela, no olvidaron por qué estaban luchando, qué es lo que estaban defendiendo.

El éxito de Un árbol crece en Brooklyn se debió sobretodo a que, para esos soldados, su lectura fue como estar en casa. La novela arra las vivencias de una familia en el Brooklyn de antes de la guerra, no cuenta exactamente la historia de la infancia de los soldados, pero sí podría coincidir con las vivencias de sus padres, con todo lo que ellos les habrían contado... eso explicaría, sin duda, por qué está todo tan edulcorado, por qué son todos tan felices a pesar del hambre y la miseria que padecen, por qué entre el hambre y la dignidad eligen siempre la dignidad, por qué entre el robo y la honradez del trabajo duro -casi esclavo- prefieren el trabajo duro... En definitiva, Un árbol crece en Brooklyn cuenta la historia de una América que nunca fue tan bonita en la realidad pero que sí lo era en la mente de varias generaciones y, por tanto, merecía la pena conservar. Es una novela llena de valores positivos: trabajo duro, esfuerzo, lectura (la protagonista lee varios libros a la semana, no sabemos de dónde saca el tiempo con la vida que lleva), generosidad, educación (la protagonista camina mucho cada día para poder ir a un buen colegio y aprovechar así su inteligencia) y valores familiares (el padre de familia es un desastre alcohólico, pero es muy simpático y hace a sus hijos felices, ya se encarga la madre de, además, alimentarlos ya que la música no se come)

Lo que ya no me atrevo a decir es si es una novela con grandes valores literarios; es un tanto extensa y a veces resulta forzado, no cuenta exactamente una historia en el sentido clásico, se le ven las costuras (hay un personaje que tiene TRES matrimonios -y cero divorcios- y ONCE hijos que mueren en el parto y aún así lo sigue intentando porque lo importante es participar... y todo eso antes de los cuarenta que, por supuesto, cumple siendo la mujer más deseada de Brooklyn), y a ratos se hace un tanto pesada... pero igual se deja leer y, si el lector consigue meterse en la historia -suspenda la incredulidad, por favor ¿qué más da?¿tanto importa que alguien haga un relato de ficción feliz?- las páginas van pasando y nos sentimos casi como los soldados de la segunda guerra mundial, como si tuviéramos un lugar feliz que defender, un lugar feliz al que volver... Vale que nunca estuvimos allí, pero esos soldados que luchaban contra los nazis tampoco y la lectura de Un árbol crece en Brooklyn mantuvo a muchos de ellos con vida, ya sólo por eso la humanidad le debe algo a este libro.

Si quieren leer el resto de reseñas del Club de lectores 2.0, pueden hacerlo en los sitios habituales: Carmen, Newland y Desgraciaíto. Nos vemos el mes que viene con A cien millas de Manhattan.

Revival

Año nuevo, nuevo libro de Stephen King (o tito Stephen, como le llama Bichejo, toda confianzuda) y, como no podía ser de otra manera (cómo odio esa expresión ¡¡cómo algo no va a poder ser de otra manera??) no nos ha quedado otra que lanzarnos a leerlo... no, no uso un plural mayestático; es sólo que algunos miembros de algún club de lectores 2.0 consideraron que podía ser algo divertido leer algún libro de algún autor y reseñarlo algún día que fuera el mismo día; así que, ea, para que no se me olvide, aquí pueden encontrar la reseña de Revival de Stephen King que ha hecho Bichejo, y aquí la que ha hecho Newland, a modo de Petit mini club de lectores.

Hace muchos, muchos años, a muchos kilómetros de donde me hallo, perdí la cuenta de la cantidad de libros de Stephen King que había leído; quien esto escribe es una fanática del terror en todos sus lenguajes (salvo, lógicamente, el terror que produce ver el telediario) y si lo es ahora con cuarenta palos, pueden ustedes imaginarse la de terror de mayor o menor calidad que consumía en la adolescencia... Me reencontré con el señor King hace un par de años like a virgin, touch for the very first time porque, aunque parezca increíble, en los años en los que lo devoraba me había saltado los grandes clásicos: El resplandor,  It Carrie. Con el primero llegó el reencuentro y jamás nada me había dado tanto miedo (Véase paréntesis anterior), con Carrie confieso que me aburrí un poquitín durante un viaje de autobús y estoy reservando It para un día de estos porque, no se lo van a creer, la historia en sí no me llama nada a pesar de lo que reverencio a su autor. Por el camino de estos últimos años, además de los grandes clásicos de terror del señor King, me enamoré perdidamente de su prosa con 22/11/63 y me parece intolerable que su nombre no suene para el Nobel con cierta firmeza  (¡¡por el amor de Dios, si suena hasta Murakami!!) porque dudo que haya en estos momentos un autor con tantos libros generacionales de la calidad de los suyos, que no es sólo que las historias sean únicas e interesantes, es que además, cada año que pasa, Stephen King escribe mejor.

Revival no es una excepción a lo dicho hasta aquí, es una delicia de principio a fin en su prosa, es una delicia de principio a casi fin en su historia, y todo ello a pesar de que al que diseñó la portada habría que ejecutarlo (perdonen el exabrupto, leo en digital y no había visto ese horror que poco tiene que ver con el libro que yo he leído); una historia que parece de todos los días de la América profunda que nos va conduciendo, a lo largo de cincuenta años, a un sólo momento en el tiempo, a un solo evento al que vamos, sabiendo a dónde vamos -sin saber en qué consiste- como corderitos al matadero y, aunque el final, la solución del misterio en definitiva, es un poco psé, la sensación global es que la lectura ha sido un tiempo maravillosamente empleado, es más, me atrevería a decir que la solución es psé porque he visto soluciones de Stephen King infinitamente más flojas en otras de sus novelas que aún hoy, veinticinco años después, pueblan mis pesadillas, y aquí no lo ha conseguido del todo.

Revival cuenta es una historia de dos personajes: Jaime, el niño al que vamos siguiendo toda la novela hasta que se convierte en un señor con canas, y Charles Jacobs, el nuevo pastor del pueblo. Charles es un pastor especial, muy implicado en la vida del pueblo y muy mañoso con la electricidad, Jaime es el niño que más confiará en él hasta que, un buen día, la mujer y el hijo del pastor mueren en un accidente atroz, pierde la fe en Dios y pronuncia un sermón blasfemo que provoca que lo despidan (no es que no tengan compasión por él, todos le adoran, es que no tiene mucho sentido tener un cura ateo y blasfemo dando las misas); a partir de aquí, y a lo largo de los años, Jaime -músico que se mete en jaleos tan serios como psicotrópicos a lo largo de su vida- se irá encontrando con Jacobs con distintos nombres y profesiones cada vez más disparatadas a lo largo de su vida hasta que un día... y hasta ahí puedo leer.

Los dos personajes, como es habitual en las novelas de Stephen King, son sólidos y verosímiles aunque nos cuente cosas francamente lejanas a una experiencia vital normal; la historia está tan bien construida que sólida y verosímil, dentro del bichorismo habitual de las novelas del autor; dan ganas de cogerse un avión y ver  si de veras allí pasan esas cosas. Fíjense si merecerá la pena, si estará bien escrita, que, aunque todo el relato está en función de un final un tanto psé, no he parado de recomendarla, no es su mejor novela, pero es infinitamente mejor que Joyland y ya ni les cuento en comparación con cualquier Murakami.